viernes, 29 de julio de 2011

Chiapas, Amante Querido

El 12 de Julio del 2011 colgué mis papeles, mis trámites, mis preocupaciones y mis nostalgias en los ganchos de la puerta del baño de mi casa. Colgué toda mi vida, mis amigos, mi trabajo, mis aspiraciones y mis metas. Abandoné mi nombre y me llevé solo mi persona. Colgué mi señal de celular,el correo y todas mis redes sociales. Hice mi maleta con un par de buenas botas, unos tenis, montones de ropa interior limpia, un impermeable prestado, mis ganas, mi resignación y una gorra. Todo para despedirme de la atareada ciudad, recorrer 890 kilómetros en carretera en 14 horas y perderme unos días en la selva, en más de un sentido.

Me invitó una mano amiga, cariñosa y comprensiva de mis heridas a unas poco convencionales vacaciones. Vacaciones de la mujer citadina.

Entre los incesantes chirridos de las chicharras que habitan la selva lacandona descubrí a varios corazones viajantes intentando dejar sus heridas en la ciudad, heridas de amor y de tiempo, heridas parecidas a la mías, heridas de familia. Me vi refleada en el dolor ajeno y me sentí alegre, acompañada, comprendida. Me enamoré fraternalmente de dos pulseras de lana y de varias lamidas de vaca. Momentos que no quieren llenarse de palabras y que respetan el silencio. Momentos de vulgaridades, cagnacs y charandas. Se podía cortar con una navaja bien afilada la densidad de las miradas furtivas, lascivas y sin vergüenza que se clavaban en escotes ajenos. Escotes que a veces llevan una voz y una opinión igualmente sexual. Llamados de individuos desatinados a la fornicación a gritos por los vapores de los alcoholes. Robados momentos de placeres en espacios reducidos y anunciando guapos de muerte en los puestos ambulantes de comida rápida. Pero tranquila, Paulina es solo una amiga. 

Me sumí en pasados ajenos y a siglos de distancia de historias contadas y releeidas y transgiversadas de rituales y victorias.  Perdida en los rugidos de los jaguares, ya fuesen pájaros, escudos o chaparros y descrifrando los llamados de los monos aulladores a kilómetros de distancia, burlándose de mí permanencia en el suelo. 

Ya fuera besando el cuello fino de la botella del llamado amigo a tonos repetitivos y acalorados que retaban al compañero a mirar el fondo o sumergida en aguas turquesa sin oleaje y con sonidos transparentes me viajé y me perdí en mí misma y en quienes caminaban a mi lado. Me enamoré tremendamente del cochito y del posh en las nupcias de Zinacantán. Subiendo y bajando escalones de piedras verdes repitiendo una y otra vez los rituales de liberación en el  Velo de una Novia y los Chiflones del viento con un ámbar al cuello. Siempre resistiendo las ansias de un salto largo y fatal a hasta clavarme en el Usumacinta o siéndole infiel de pensamiento con su hermano el Grijalva. La muerte solo un gaje, un cobro permisible por el gozo de la caída a la furia del agua. 

Aplausele fuerte compañero por doce días de renuevo, doce días de mudar pieles, de crear lazos, de enamorarse de todo y de todos, dieciséis amantes míos incluidos los padrinos del amor que nos renuevan la esperanza a quienes amamos y olvidamos el gozo de amar por la cercana amargura de quien partió. Amor de camiseta comercial, amor real, amor eterno, amor de amigos, de amantes, de fornicadores, amor de hermanos y esposos, de tortillas hechas a mano, amor de Zinacantán. Aplausele fuerte por Chiapas, mi amante querido. 

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