domingo, 6 de enero de 2013

Capítulo 3 Arena de cuatro tiempos.



¿Alguna vez has vuelto a nacer? Yo sí, cada tercer martes de mes. Soy yo misma quien paga el rescate de todos mis autosecuestros. En esta incongruencia, esta inconsistencia de mutilaciones por correo en un sinfín de patrones de vestidos, pantalones, sacos y hasta sombreros. Hilando ovillos de agujas plateadas de sol. Tengo varios cuadernos de notas engargolados con la espiral de mi columna, donde cada vertebra es tintero, cada vena es un pentagrama.
Cada gota de queroseno me quema la piel debajo de la ropa. ¿Puedes oler eso? Es mi carne en la hoguera. Piensa con cuidado a quien recibes en el dintel de tu casa. Es un aire familiar ¿cierto?, olor a jazmines viejos y azufre. Tantas almas en pena que me han vuelto el rostro duro, los ojos secos, la sonrisa cínica y el corazón aun tierno, aun dulce, más niño. Corazón de diamante envinado y centro de chocolate liquido.
 Un corazón que navega en ríos de whiskey amargo. Es una isla, un naufragio accesible en una sola y particular combinación. Arroja tus piedras, construye tu barca, si te sobran los segundos.
¿Reconoces tus palabras en mi paladar? Saboréalas. Estoy rascando zanjas en tu espalda buscando mi morbosa curiosidad de tu pasado. Estoy escriptada para que no me entiendas. No soy una persona y no lo escuchas. Se me ampolla la piel, hirviendo.

El callejón y sus habitantes me miran expectantes, sorprendidos, socarrones. Hacen sus apuestas y arrojan los dados. El numero 14 A se relame los huecos entre los dientes mientras se ríe. Y al final de la calle tras reja de oro y bronce no se ha visto movimiento. Aquellos que gozan de la libertad del empedrado se pasean frente a la reja intentando ver detrás de las finas cortinas de seda, detrás de los barrotes que esconden, detrás del calabozo y las cadenas que rechinan cual llanto por las noches. Los sapos abundan los rosales. El viento hace crujir las maderas y ni una sola palabra.

Una vista aun miedosa al baúl que contiene el único callejón. Hoy vestida de negro, me enseña sus muslos de terciopelo al sentarse cruzando la pierna sobre el baúl. Me entrega la llave. Musa mía, perdóname, guíame. Tantas dudas y odio y ahora me arrullas, me escudas, me impersonas. Soy tuya, solo y siempre tuya. Me tomas de la mano y me encamina a la mirilla de la puerta. Me peinas el pelo, me maquillas la sonrisa, y desabotonas los prendedores de mi vestido. Madre, amante, carcelera, amiga, enemiga, siempre musa. Dicotomía, multicotomía. Asesina fría.

Vuelvo a ti desde la puerta. Y me arrancas cual alfileres de placer, nos miramos en un espejo sin fondo. No es mi cuerpo, no son mis ansias, es mi incertidumbre, mi esperanza, mi aventura y mi afirmación. Toma mi carne y mi hígado, toma mi gula y mi cirrosis. Tantas hijas vacías de palabras que no digo. Y el cinismo, el descaro me acogen y el amor se burla de mí. Finalmente ‘Hola, mucho gusto’.

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