En esta jaula guardo un petirrojo que me
canta mientras me ve crecer las uñas y tejerme el pelo. Es un ave tímida pero
es cuestión de pedir un canto lúgubre para iluminar todo el panteón. Petirrojo
tiene un nombre pero tiene prohibido repetirlo desde el día en que se quiso
hacer su nido en la cabeza de un viejo reloj.
Todos los días me estreno uñas frescas que
han vuelto a crecer por la noche; puntual a las 23:37 volveré a arrancarlas una
a una con los dientes. Siempre vuelven a crecer.
Esa diana está nuevamente sentada en tu
hombro guiñándome el ojo y agitando las alas. Tenso la cuerda, ajusto el alza,
levanto la mira, ni un solo momento y se corta el aire. Densos, los hilos de
alcohol lo hacen tangible. Puedo escogerlos uno a uno para deslizarlos por tu
garganta.
Me hierven los poros aun frescos del
destierro de aquel infierno. Sonrío triunfante para mis adentros. Te he sido
franca, aunque quizás no hoy. Sábete que debajo de estas plumas carmín solo
queda un demonio expulsado. No confío ni en el mismo diablo. Soy demonio de
piedra, soy gárgola inmortal, ángel sin alas; soy árbol sin sombra; tu bruja y
tu encanto.
Una voz acaricia el arpa de tu jaula
petirrojo mudo. Una voz escaldada se roba tus notas, despierta tus alas en
clamor del viento sobre ruedas. María Antonieta tiene un par de sonrisas rasgándole
las mejillas. El toque de queda se te ha pasado María Antonieta y este
petirrojo necesita volver a casa. No has de volver. Invariablemente adicta a la
soledad, a ese tu monologo egocéntrico que me abusa con reclamos y me afirma
con elogios. Actriz de tiempo completo. Galardonada en función de múltiples
éxitos anónimos de un catalogo de víctimas y victimarios.
¿Serás trofeo en mi pared o piel que me
viste los dedos? Me escose la piel, me tiemblan los muslos y me mojo los labios
con tu lengua. Me río. No te dejará tocarla. Mis hijas me protegen y me
arropan. Amanece.
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