No estoy aquí. No me mires, mírame.
Dos tazas en tus manos y cientos más
corren por la mesa derramando tu saliva. Tienes una muñeca atada a tus tijeras.
Silenciosa te mira desde la cortina de estambre que le cubre la cara. Desesperada
un poco; maldita otro tanto. Olvidada de la altanería. Es el estambre
enmarañado de tus figuras, más absurdos son mis ojos que
los oídos sordos que te ríen. No te miran, no te escuchan,
te ríes. Y tú, dormido, aburrido en una conciencia harta en tu desasosiego.
Nos hemos sentado todos a la mesa. La cena está servida. Y tú, y tú ríes. Y yo,
yo miró. Ellos no escuchan, vacíos, pero ella, es ella, solo ella, es ella
quien me aterra.
‘No toques nada. No digas nada.'
Es ella de quien me burlo; la mocedad interminable que compartimos. Es ella quien
no me deja hablarte. Hoy le permito explayarse. Tan bella, delicada, altiva. Su
vestido rojo levanta las hojas acariciando el piso que marcan sus tacones,
afilados, cortantes. Hoy viste piel morena. Ya ha venido asesinado mis amores,
antes de que pueda amarles. No me corresponde, pues yo no correspondo. Soy
tu viuda y no lo sabes. Soy tu viuda y no conoces mi nombre. Soy tu hermana y
soy tu amante. Me eres infiel, pues no me conoces.
Diecisiete minutos y esa diana me guiña el ojo sentada en tu hombro.
Ambas quieren tentarme. El alza y punto de Mira me tiran y desgarran las yemas
de los dedos.
‘Sobredimenciona el punto de mira para que
sea más alto y no toques nada.’
Tenso la cuerda.
‘¡Sola!’
Nuevamente me ha sobresaltado su aliento sonriente y frio. Me roza el cuello
con sus labios rojos y se lame los dientes.
‘Hoy no juegas conmigo, hoy juegas contra
mí.’
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