domingo, 6 de enero de 2013

Para Huir

De nuevo esa sensación de querer huir. Te presto mi maquillaje y mi cuerpo cubierto en seda por una horas. La hora mejor pagada de mi vida. Voy a encontrarte en un hotel de lujo a la salida del aeropuerto y a recorrerte con las manos un cuerpo inerte. El disfraz de puta me sienta bien. No tengo domicilio ni código postal, no tengo maleta. 

Al fondo de la mesa está el tipo que siempre habla demasiado, el que quiere verte de nuevo y no han pasado ni cinco minutos. Ese que ordena la botella de champán y está completamente borracho una hora después  Ese mismo que ha intentado enrollarse con cada una de las muchachas del bar. Te sientes caritativa. Podría vivir así, de puta. Te seduce la idea Te seduce el dinero e infinitamente te seduce la soledad. El amante oportuno que es el éxtasis en tu lengua. Ese sabor artificial que se disuelve mientras juegas a no tragarlo. Me acerco a la ventana para ver a la pareja del edificio de enfrente. Ella tiene las manos contra el ventanal, completamente desnuda. Me mira jadeante mientras él la penetra por detrás y le aprieta las tetas. Sonríes. Sonríe de vuelta. Como te gustaría tener sus piernas morenas alrededor de tu cuello, comiéndole los labios.

Y a todo, ¿ cuál es el punto? ¿ Cuál es la necesidad de vendarme los dedos con listones negros? ¿Cuál es mi necesidad de registrarme de hotel en hotel para dejar que hagas de mi casa tu hogar? Me echaste y cambiaste todas mis fotografías y hasta te deshiciste del tapete de mi baño. Y de nuevo estoy aquí sentada en el piso de un bar preguntándome ¿cuál es mi necesidad? Mis necesidades son tan pocas y sin embargo me esfuerzo por parecerte una persona integra. En un mundo de huecos y hoyos negros la masa y mi gravedad les parece insultante. Por su parte la ironía de la mis alas de miel les pone a rabiar. Me río.
Si mis únicas maletas son mentales, si mi único equipaje son recuerdos, qué me ata si no es mas que cada parásito en las ventanas de casas familiares  Soy un fantasma en una cocina que resuena con el eco de niños llorando, narcisistas, ingratos. tengo larvas en las manos, llevan ahí semanas comiéndome la carne podrida. Tengo agujeros en los senos agusanados. Se multiplican y dejan sus huevos. Y es que todos los demás están huecos. Y es que en mí encuentran carne para comer. Tengo órganos que habitar, un sexo al cual penetrar. 

De nombres solo tengo sopas de letras revueltas en un tazón de caldo, ingratos de las bocas que los pronuncian y aferrados al papel sobre el cuál se imprimen. En el aliento resultan efímeros y helados, gustosos de ser pronunciados  se pierden distantes en el vapor de dos labios y una lengua que mojados se seducen para darles vida. A la merienda un plato de caldo con letras de pasta y para desayunar los amores de mi vida en un tazón de leche bajo en grasas. La crueldad ajena me parece tan vana y sin embargo la mía me parece tan natural, tan satírica, tan autodefensiva  No puedo pertenecerle a nadie, no más. Me guardo con rencor de las miradas que se ocultan detrás de un par de anteojos sin fondo. Incluso me guardo del dichoso amor. De mi amor soy presa so amante soy pareja sexual y compañero de baile.
Es crueldad pura la que me tienta a fugarme, a cumplir esa famtasía de tantos años, esa agonía de tener un pasado, de tener un... un nombre. Un nombre de seis letras que se contiene en cuatro. ¿Dónde quedo esa tilde esquiva y sin recuerdo? Quizás mañana salgo huyendo, pues tiendo a pensar que tengo toda una vida para huir. Preferiría provocar la rabia que sufrir el silencio. Preferiría sentir la piel abrirse bajo la pesadez de un golpe que temblar con la caricia de unos dedos. No busques mi límite, no busques mi horizonte pues puede que te resulte mas cerca de lo que crees. 

Me levanto de la cama y sonrío mientras mi mente regresa al papel mecánico que mi cuerpo desempeña en su ausencia. Otro cuerpo jadeante y satisfecho yace sobre las sabanas característicamente blancas de un hotel. Me abotono la camisa despacio dejandole gozar la vista de mis nalgas desnudas. Cuento el dinero dispuesto sobre la mesa mientras me pongo los zapatos. 
-Tienes mi número.-
Cierro la puerta tras de mí. 

Capítulo 3 Arena de cuatro tiempos.



¿Alguna vez has vuelto a nacer? Yo sí, cada tercer martes de mes. Soy yo misma quien paga el rescate de todos mis autosecuestros. En esta incongruencia, esta inconsistencia de mutilaciones por correo en un sinfín de patrones de vestidos, pantalones, sacos y hasta sombreros. Hilando ovillos de agujas plateadas de sol. Tengo varios cuadernos de notas engargolados con la espiral de mi columna, donde cada vertebra es tintero, cada vena es un pentagrama.
Cada gota de queroseno me quema la piel debajo de la ropa. ¿Puedes oler eso? Es mi carne en la hoguera. Piensa con cuidado a quien recibes en el dintel de tu casa. Es un aire familiar ¿cierto?, olor a jazmines viejos y azufre. Tantas almas en pena que me han vuelto el rostro duro, los ojos secos, la sonrisa cínica y el corazón aun tierno, aun dulce, más niño. Corazón de diamante envinado y centro de chocolate liquido.
 Un corazón que navega en ríos de whiskey amargo. Es una isla, un naufragio accesible en una sola y particular combinación. Arroja tus piedras, construye tu barca, si te sobran los segundos.
¿Reconoces tus palabras en mi paladar? Saboréalas. Estoy rascando zanjas en tu espalda buscando mi morbosa curiosidad de tu pasado. Estoy escriptada para que no me entiendas. No soy una persona y no lo escuchas. Se me ampolla la piel, hirviendo.

El callejón y sus habitantes me miran expectantes, sorprendidos, socarrones. Hacen sus apuestas y arrojan los dados. El numero 14 A se relame los huecos entre los dientes mientras se ríe. Y al final de la calle tras reja de oro y bronce no se ha visto movimiento. Aquellos que gozan de la libertad del empedrado se pasean frente a la reja intentando ver detrás de las finas cortinas de seda, detrás de los barrotes que esconden, detrás del calabozo y las cadenas que rechinan cual llanto por las noches. Los sapos abundan los rosales. El viento hace crujir las maderas y ni una sola palabra.

Una vista aun miedosa al baúl que contiene el único callejón. Hoy vestida de negro, me enseña sus muslos de terciopelo al sentarse cruzando la pierna sobre el baúl. Me entrega la llave. Musa mía, perdóname, guíame. Tantas dudas y odio y ahora me arrullas, me escudas, me impersonas. Soy tuya, solo y siempre tuya. Me tomas de la mano y me encamina a la mirilla de la puerta. Me peinas el pelo, me maquillas la sonrisa, y desabotonas los prendedores de mi vestido. Madre, amante, carcelera, amiga, enemiga, siempre musa. Dicotomía, multicotomía. Asesina fría.

Vuelvo a ti desde la puerta. Y me arrancas cual alfileres de placer, nos miramos en un espejo sin fondo. No es mi cuerpo, no son mis ansias, es mi incertidumbre, mi esperanza, mi aventura y mi afirmación. Toma mi carne y mi hígado, toma mi gula y mi cirrosis. Tantas hijas vacías de palabras que no digo. Y el cinismo, el descaro me acogen y el amor se burla de mí. Finalmente ‘Hola, mucho gusto’.

Capitulo 2. Pájaro sin canción


En esta jaula guardo un petirrojo que me canta mientras me ve crecer las uñas y tejerme el pelo. Es un ave tímida pero es cuestión de pedir un canto lúgubre para iluminar todo el panteón. Petirrojo tiene un nombre pero tiene prohibido repetirlo desde el día en que se quiso hacer su nido en la cabeza de un viejo reloj.
Todos los días me estreno uñas frescas que han vuelto a crecer por la noche; puntual a las 23:37 volveré a arrancarlas una a una con los dientes. Siempre vuelven a crecer.
Esa diana está nuevamente sentada en tu hombro guiñándome el ojo y agitando las alas. Tenso la cuerda, ajusto el alza, levanto la mira, ni un solo momento y se corta el aire. Densos, los hilos de alcohol lo hacen tangible. Puedo escogerlos uno a uno para deslizarlos por tu garganta.
Me hierven los poros aun frescos del destierro de aquel infierno. Sonrío triunfante para mis adentros. Te he sido franca, aunque quizás no hoy. Sábete que debajo de estas plumas carmín solo queda un demonio expulsado. No confío ni en el mismo diablo. Soy demonio de piedra, soy gárgola inmortal, ángel sin alas; soy árbol sin sombra; tu bruja y tu encanto.

Una voz acaricia el arpa de tu jaula petirrojo mudo. Una voz escaldada se roba tus notas, despierta tus alas en clamor del viento sobre ruedas. María Antonieta tiene un par de sonrisas rasgándole las mejillas. El toque de queda se te ha pasado María Antonieta y este petirrojo necesita volver a casa. No has de volver. Invariablemente adicta a la soledad, a ese tu monologo egocéntrico que me abusa con reclamos y me afirma con elogios. Actriz de tiempo completo. Galardonada en función de múltiples éxitos anónimos de un catalogo de víctimas y victimarios.

¿Serás trofeo en mi pared o piel que me viste los dedos? Me escose la piel, me tiemblan los muslos y me mojo los labios con tu lengua. Me río. No te dejará tocarla. Mis hijas me protegen y me arropan. Amanece. 

Capítulo 1. Huye, huye lejos.


No estoy aquí. No me mires, mírame. 

Dos tazas en tus manos y cientos más corren por la mesa derramando tu saliva. Tienes una muñeca atada a tus tijeras. Silenciosa te mira desde la cortina de estambre que le cubre la cara. Desesperada un poco; maldita otro tanto. Olvidada de la altanería. Es el estambre enmarañado de tus figuras, más absurdos son mis ojos que los oídos sordos que te ríen. No te miran, no te escuchan, te ríes. Y tú, dormido, aburrido en una conciencia harta en tu desasosiego. Nos hemos sentado todos a la mesa. La cena está servida. Y tú, y tú ríes. Y yo, yo miró. Ellos no escuchan, vacíos, pero ella, es ella, solo ella, es ella quien me aterra. 
‘No toques nada. No digas nada.'
Es ella de quien me burlo; la mocedad interminable que compartimos. Es ella quien no me deja hablarte. Hoy le permito explayarse. Tan bella, delicada, altiva. Su vestido rojo levanta las hojas acariciando el piso que marcan sus tacones, afilados, cortantes. Hoy viste piel morena. Ya ha venido asesinado mis amores, antes de que pueda amarles. No me corresponde, pues yo no correspondo. Soy tu viuda y no lo sabes. Soy tu viuda y no conoces mi nombre. Soy tu hermana y soy tu amante. Me eres infiel, pues no me conoces.  Diecisiete minutos y esa diana me guiña el ojo sentada en tu hombro. Ambas quieren tentarme. El alza y punto de Mira me tiran y desgarran las yemas de los dedos. 

‘Sobredimenciona el punto de mira para que sea más alto y no toques nada.’
Tenso la cuerda. 
‘¡Sola!’
Nuevamente me ha sobresaltado su aliento sonriente y frio. Me roza el cuello con sus labios rojos y se lame los dientes.

‘Hoy no juegas conmigo, hoy juegas contra mí.’