Este año se
me vino y se me fue, sin dar pie a albures. Es sin duda uno de los años que más
lágrimas me ha cobrado, pero también son aquellas que más dulces me han sabido.
Quizás en una vida entera no podría haberme llenado de tanta satisfacción como
me siento ahora al cerrar el año. Me alienta el saber que aun tengo mucho mucho
por lograr y retos que imponerme, personas que amar y amor que recibir. También
debo decir que es posible que jamás me sintiera tan amada y apreciada en este
año como en cualquier otro año de mi vida. Mi familia, mis amigos, los viejos y
los nuevos, mi expareja, claro, cuando no exista el prefijo.
Creo que
hoy es pura emoción lo que me sobre vuela de mis pies para poder escribir. En
jamás existe tanto y tanto espacio para tantos quizás. Tanto que me regalo Dios y la vida este año. Tanto y tanto que me
obsequié a mí misma. La tradición risueña de barrer malas vibras, echar
el agua fuera y correr con maletas en mano, con la que empecé el 2011, puede
bautizar fácilmente lo que escribí a pulso en este último capítulo. ¿Dónde
quedan los puntos y los cambios de párrafo? Ni siquiera sé dónde ha terminado
un libro, una secuela, dónde a veces rima y en ocasiones se escucha una total disonancia.
Puedo decir
que las veces que me abrí las rodillas tanto metafórica así como literalmente
hablando son cuestiones en esta vida que te hacen recordar que es precisamente
vida lo que tenemos, que estamos vivos. Aprender a gozar en el dolor es un
regalo que muy pocos entenderían. Una cualidad de la que me hago orgullosamente
acreedora. El mantener la ligereza de corazón y de talones como aprendo cada
día de mi Madre. La fidelidad, la lealtad y el entrañable compañerismo del que
soy testigo entre Mamá y Papá. Y es Papá precisamente quien me ha enseñado las más
grande heridas y la pasión para levantarse y de desplegar con orgullo las
cicatrices que tanto le han costado. En una comparativa burlona con Bruce
Willis, siendo aquel que le grita de cara a la muerte que haga de él lo que le
plazca y que sin importar cuantas veces le acompañe en la cama y nuevamente
partiendo por la mañana, habrá de desperezarse, comprender sus posibilidades y
lograr aciertos con ellas. Porque hoy no se nos regalo nada que no nos
mereciéramos. Papá, Mamá, hoy continúan
enseñándome como se ha de vivir. No me leccionan, es su ejemplo el que me
impulsa. Son estos días, todos los 365, buenos y malos, incluso los neutros,
incluso los de hueva, los de desvelada, los engordadera, todos, todos se los
dedico. Pues una vez antes ya lo he dicho. El día de hoy soy quien soy por ustedes.
Hoy por hoy vivo enamorada de mi vida, con la pasión con que me levanto cada
día…. Incluso cuando no puedo levantarme. Son las ganas de vivir con las que me
han inyectado cada instante.
Este año
comenzó con decisiones fuertes, donde sin saber realmente cual sería el
resultado final tomando cada vuelta, cada esquina, con esa sarta de trámites y
papeleos que ya hemos abordado antes, el rechazo de mi primer proyecto de
tesis. Un material en el que tenía más de un año trabajando. Mi tiempo primero
como funcionario público. Un puesto que me inundó de amor por México, de pasión
por sus problemas, de cariño por mi gente. Que debo dar a cada quien su
crédito, no fue simplemente por logro propio. Mira que viendo dentro de mi
propia familia extendida, el día a día de un puesto público, la convicción y los
obstáculos. Más sin embargo el crédito principal por mi rejuvenecido amor por
México saben bien a quien se lo debo. Un nombre que aun no me atrevo a
mencionar pero que le guardo con cariño en la memoria.
Fueron
también todas esas noches y días de vivir en un ambiente domestico adoptar
nuevos roles con ese nombre de cuatro letras y una tilde. Si si, como ya lo
hemos mencionado antes. Esos roles y capacidades que describí en mi misma para
a ser la mujer tradicional y moderna, extravagante y conservadora, el ama de
casa, y la aspirante a maestría en criminología, de los dos extremos viviendo a
su lado construyendo nuestro propio techo. Las diferencias en nuestras metas,
convicciones y toda aquella lista de cosas que la gente quiera nombrar que nos
separaron. Simplemente fueron nuestros distintos tiempos. Porque como alguien
alguna vez me dijo, es el estar a
destiempo lo que rompe las relaciones. Y eso precisamente encontramos en un
pentagrama sin notas. Un destiempo, ni siquiera un silencio.
Nuevamente
fueron los brazos familiares los que me ayudaron a recoger cada uno de mis
pedacitos, de esas migajas que se me fueron cayendo, quienes avivaron la luz de
mi espíritu. Fueron los brazos familiares, mis dos mejores pulseras de lana.
Esas que son de gala entre cabrones. El cuerpo limpio de una mujer ácida a
quien preste mi exclusividad, mi fidelidad, mi compromiso. Tres cómplices.
Fueron también las escapadas de noche, las
comidas de dos para hablar de sueños que no me dejaron ni por un momento
olvidar donde estaba mi meta. Ese tan mencionado rinconcito de cajeta en Los
Remedios de mi corazón de repuesto.
Teclazo a
teclazo seguí construyendo el siguiente eslabón de lo que iría formando mi cota
de malla. Siempre en guardia y aun con la misma ligereza con la suficiente prudencia
sin perder la fe en las personas que pueda encontrarme y que a cada tiempo
decidan caminar a mi lado para después partir camino. Siempre dejando fotos y
recuerdos tapizando las paredes de mi
corazón, mi memoria y mi sistema límbico. Sabiendo que volveré en algún momento
a encontrarme con heridas nuevas y con gozos sin precedentes.
Así pues
terminé mi tesis, se aprobó en la dirección y presenté mi examen
profesional. Me convertí en licenciada.
Cinco años de mi vida invertidos en mi alma mater. Quizás pude haberme
esforzado mas, quizás pude fiestar menos. Pero no, así fue, así lo viví, así lo
gocé, cada momento. Por primera vez en muchos meses el ritmo de mi paso
empezaba a darme aliento y sin embargo me dejaba con diez días para encontrar
mi centro y despedirme del país del que recientemente me había enamorado a
pesar de haber vivido veinticuatro años en él. Me despedí de él en su debida
forma. Tomé uno de sus estados como mi amante personal y me deje acariciar,
besar y hacer el amor por la tierra. Me deje gozar por la selva, sus aguas, sus
sonidos y la gente…. La comida. Claro mi apetito siempre al pie de mis muñecas.
Volví a la
casa paterna por quince días y me sentí niña pero a la vez madre. Me di cuenta
de cómo los papeles se invierten. Como los hijos tomamos otros papeles. En el
nido vacío el amor de mis padres se palpa más que nunca, se saborea. Un amor de
tanta complicidad tanta lealtad, donde siempre hay un secreto entre ellos que
nadie más entiende. Como se han vuelto a descubrir y a construir una nueva relación.
Novios de nuevo casi. Novios con cuarenta años de casados. Que envidia. Mi boya
perfecta. Mi esperanza.
Poner pie
en un nuevo huso horario en una gama de grados centígrados ajenos a mis tres
capas de lana, algodón y quizás una piel sintética y una maleta de más de 23
kilos. Encontré una nueva familia de dinámica tan distinta que me acogieron sin
preguntas y lo que es mas sin, respuestas. Entrar a una casa ajena con todos
los privilegios, las cortesías y las monerías de tres niños pequeño y… un
diablo adolescente. No, no es sentido tierno y mucho menos figurado.
Sobre
ruedas me abrí paso en una nueva ciudad, en nuevos libros y nuevas aulas. La
desenvoltura de la lengua traducida, los coloquialismos, los acentos, los
amigos. Las discusiones y debates
avivados por las diferencias culturales y de acentos siempre enriqueciendo las
palabras de quienes son nuestros tutores.
Se me viene
tarde a escribir esto y sobre todo a escribir de ese graznido tan particular
que cuelga de un vértice de mi cuello. Cómplices en un país extranjero. Dando
la bienvenida al año nuevo con deseos y fuegos artificiales, compartiendo la
Navidad con dos personas tan distintas a mí y a la vez tan parecidas. Encontrar
el compañerismo en más de 7 décadas de sabiduría. En la otra esquina agregué
con un amor negado bocados a mis muñecas robándome un cariño que no me
correspondía y que quizás no debí permitir.
En mi
soledad redescubrí mi propia sensualidad, mi moda, mi andar, mis manos y mis
dedos, mis propios labios y mi lengua. Me pude reconocer reflejada en una pared
blanca y recostada en sabanas negras.
Ya de por si
me alargué y no puedo concluir y no puedo abarcar todo aquello que este año me
regalo.
Mi tan
olvidada y tácita voz. Se puede decir que me reinvente y sin embargo sigo
siendo la misma de siempre. ¿Y quién soy yo? Yo soy 44. Yo soy yo. Yo soy. Feliz
2012. Bring it on.
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