jueves, 7 de febrero de 2019

Bienvenido a Casa


El terror pasivo se siente acariciando la calle como neblina. Viene dejando caer cada paso humeante e invisible, dejando las pisadas de brea en el empedrado. Los lugareños de tu diminuto mundo apilan la leña en una gran hoguera. Se siente seguros de que acabaran conmigo atada a una estaca. Extinguir la peste que viene condenado a tus súbditos. Han de creer que sus planes suceden desapercibidos para mí. Cuanta ingenuidad.

No puedes quemar un incendio. No puedes cremar un cuerpo de cera. Eso ya deberías saberlo tras la ejecución de nuestra única hija, pero nunca has sido bueno para recordar esos detalles. No puedes fundir este acero. No puedes arrancar estas plumas. No soy una bruja. O quizás debería decir, no soy sencillamente una bruja. Soy demonio, soy familiar y alma felina. No tengo siete ni nueve vidas. Tengo trescientas veces siete vidas inmortales.

Puedes arrancar pedazo a pedazo las costras de mi piel carbonizada. Puedes extirpar mis dientes uno a uno, y de las brazas aun ardiendo todo vuelve a crecer. De la tierra quemada me alimento. La gangrena es mi abono y alimenta mis ramas, mis flores de fuego. Te invito a que sigas con tu navaja la línea punteada de mis brazos, mis muñecas, a que bebas y drenes cada unas de mis venas. Por mi cuerpo no fluye sangre sino oro fundido, hirviendo. Bebe de mí y envenenen tu cuerpo mortal. Embriágate de la muerte que soy. Estas maldito. Anoche soñé que me quemabas viva pero eso que escuchas no es mi voz agonizante, es la hilaridad de la ingenuidad enajenada.

Levantas la mirada y desconoces dónde estas. Una sensación de angustia te recorre. No recuerdas donde estabas y que hacías hace unos momentos. Te es imposible recordar cómo has llegado hasta aquí. Te encuentras de pie sobre tierra suelta, casi tan fina como arena. A tu alrededor no divisas nada. Una luz opaca te recuerda a un sol agonizante que poco calienta la tierra. A lo lejos el viento revuela el polvo y no ves nada. La angustia incrementa y empiezas a rascar la base de la uña de tu pulgar de manera inconsciente. El pellejo que une tu uña con tu dedo se desprende ligeramente, desapercibido para ti. La misma inconsciencia te lleva el dedo a la boca y empiezas a morder insistente tu piel. Un cosquilleo te anestesia la mano. Continúas mirando alrededor y no se escucha nada más que el viento y el sonido de la tierra contra tu cuerpo. En un instante, repentino dolor, púnzate, te adormece la mano entera al jalar con tus dientes la piel desprendiendo tu pellejo. Te miras la mano y la sangre brota pulsante de la grieta que te has abierto con las uñas, los dientes, la inconsciencia y la angustia. Casi contra sentido, continúas jalando la piel hasta que esta se rompe en la base de tu mano y el dolor punzante se hace presente.

Cada lagrima que inunda mis ojos ahora ahoga uno a uno tus quejidos, te consume la garganta y te impide inhalar. Cada una de las larvas que has nombrado son mis hijas. Agusanan toda tu carne devorado tu cuerpo y llenándote de agujeros uno tras otro tras otro tras otro en un patrón interminable. Las sientes caminar debajo de tu piel, hormigueando, comiendo, abriéndose paso entre tus nervios y hasta tus huesos. La desesperación de la falta de aire lleva tus propias manos a atentar contra tu piel a intentar liberarte de tus inquilinos. Tus dedos aran tu cara y la carne se acumula bajo tus uñas. Y por un instante que parece eterno, mueres. Tu soberbia es tu condena, pues tu garganta se abre de golpe y el dulce oxigeno llena cada una de tus células en un gozoso momento. Es como despertar de un sueño. Pero así de repentino, comienzas nuevamente a sentir la falta de aire, las manos invisibles apretando tu garganta, mis lágrimas nuevamente llenando tus pulmones y los gusanos haciendo de ti un festín. Has sido tu quien ha bebido del oro in mortal que inunda mis venas. Bebida de demonios y ángeles por igual, elixir de vida eterna. En tu intento por consumirme has logrado eterno tu tormento. Te descubres desnudo y temblando en un frió piso de piedra, rodeado de cuatro paredes lisas. Es imposible saber cuanto tiempo llevas ahí.  

Siempre voy a amarte, al igual que a todos los otros. Recoge tus pertenencias y siéntete en casa. Sígueme. Puedes tomar la casa al final de la calle. Su último ocupante ha hecho un lugar para ti. No solemos tener reubicaciones, pero contigo hemos hecho una excepción. No teníamos contemplado un cambio en el censo poblacional, de serte sincera. Creíamos que serias diferente, pero has resultado igual que cualquier otro. Disculpa, eso no es del todo cierto.  Los demás me miran aterrados. Nunca antes me había visto pasearme por aquí en mi otra forma. El vecindario del amor siempre había sido una tierra neutra per tu has venido a cambiar muchas reglas.

Liberado de sus antiguas cadenas, el previo ocupante te mira en desaprobación y con una sonrisa socarrona. Tan solo hace falta que se encuentre con mis propios ojos para borrarle el gesto de la cara. Tras cumplir su propia condena y absuelto de sus propios barrotes, se cruza conmigo sonriendo de nuevo. Se detiene por un momento a mi lado. Me toma suavemente de la mano, acariciando mis dedos y me besa tiernamente la mejilla. Cuanto tiempo esperé este momento para poder liberarlo. Parecía tan lejano, tan improbable y aun así estaba segura de que así seria. Tiene tiempo que cumplido su condena, pero no me pasaba por aquí hace tanto años.

Ahora te veo a ti andar con dificultad cargando la picota con el cuello, doblándote la espalda al caminar. Tu piel se regenera cada vez más rápido, pero conserva el color rosa de la sensibilidad propia de una herida tierna. Desnudo, temblado, sin noción de tiempo, caes con una rodilla al suelo, mientras tu captor azota tu espalda. Las nuevas llagas en tu piel se mezclan con las más viejas. Algunas supuran pus y sangre vieja. Representas menos amenaza que tu predecesor, no necesariamente por la gravedad de tus crímenes, sino por la solidez de mis piernas, mi doble naturaleza despierta, mi inocencia perdida. Terminaste con todo lo que alguna vez fui contigo el día que dejaste a nuestra hija al cadalso. Junto a ella se balanceaba inerte una parte de mi y humeante se hacia permanente otra mas oscura. Bienvenido a casa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario