Desde el martes pasado volví a sentir esa conocida necesidad que de vez
en cuando me obliga a escribir. Hoy es jueves, jueves 6 de Diciembre del 2018 y
siento la necesidad de escribir sin la confusión de metáforas y palabras
enredadas como es mi costumbre. Donde al final no se entienda nada, pues solo
yo sé de que hablan. De cualquier forma, siempre permea lo que siento al
momento de escribirlos. En fin, hoy de nuevo se siente un poco más como
narrativa factual, descriptiva de lo que siento y pienso, sesgada desde mi
percepción y desde mi lado de la historia. Daniel tendrá su propia historia y
cada día que pasa siento como si hubiéramos vivido historias completamente
distintas sin darnos cuenta. Por supuesto en una de estas dos versiones juego
el papel de villana.
Ayer finalmente envié por correo postal un poder notarial “para que la apoderada, en nombre y
representación de la poderdante, realice los tramites, actos y gestiones
relativas al juicio de divorcio administrativo o judicial, o el que
corresponda, de la mandante con el señor DANIEL…” “…de divorcio…. de la mandante con… Daniel”. Estas son posiblemente algunas
de las palabras más difíciles que he tenido que leer en mi vida. Son palabras
que resuenan en mi cabeza junto con la escena de estar sentada en una oficina
vieja con ese olor a muebles de piel antiguas, escuchando la voz distante y
administrativa del burócrata revisando la redacción. Pese a todo, traté de leerlas
una y otra vez asegurándonos de que no exista ningún error que complique o
retrase el proceso. Toda la escena parecía carente de emoción, mientras que yo
por dentro estaba gritando.
Mi paradójica y triste realidad: no quiero un divorcio. Nunca lo quise y
por mucho tiempo me pareció absurdo. Ni si quiera era una posibilidad que
contemplaba. Nos creía perfectos con todas nuestras imperfecciones. Quiero que
quede claro: de ninguna forma estoy teniendo dudas sobre si seguir adelante con
el divorcio o no. Estoy completamente convencida de que es lo mejor para ambos
y que en este momento de nuestras vidas y en las circunstancias especificas en
las que nos encontramos y las personas que somos, no tenemos solución. Tú me lo
pediste y yo estoy de acuerdo. No pongo ninguna resistencia. Sé que debo
cercenar todos los lazos (pun intended) que nos unen: mis cosas, el préstamo, el
coche, las benditas redes sociales, nuestro matrimonio. Todos son lazos que
debemos extinguir, por mi sanidad y la tuya.
Sin embargo, en la básica definición de la palabra ‘querer’, ‘desear’,
no quiero divorciarme. No quiero pasar por esto. No te quiero fuera de mi vida.
No te quiero lejos. No quiero terminar mi matrimonio contigo. No quiero dejar
de ser tu familia, tu esposa, tu mujer. Me estoy enfocando en darle salida lo
antes posible, pero de ‘querer’, lo que es ‘querer’ específicamente como deseo,
no quiero. No me quiero divorciar. Me casé para toda la vida y quiero que
funcione. Quiero que todo cambie. Quiero un universo paralelo donde hicimos
cosas diferentes, donde Daniel me aceptó con todas mis locuras y pasiones,
incluso las nuevas, donde nos entendimos mutuamente, donde entendimos los
dolores del otro y nuestras necesidades. Quiero un universo paralelo donde estás
aquí en Londres conmigo y todo funciona. Quiero ese universo paralelo donde el
sábado iremos a una fiesta y el próximo miércoles a un concierto. Quiero
despertar contigo el domingo y hacerte de desayunar. Quiero a Otto corriendo
por la casa y usando la puerta para gatos de la terraza. Quiero ver a Negroni
ser correteado por Lilith, mientras Harley los ve con flojera. Si, sé acerca de
Negroni. Quiero recibir a Marisol y a Raúl cuando vengan a hacer tour por
Europa. Quiero llevar a Alonso a los Kew Gardens. Quiero abrazar a tu mamá y
comprar regalos de navidad. Quiero que tu negocio funcione desde aquí, quiero…
que todo funcione. Quiero envejecer contigo. Ese es el egotismo de mi universo paralelo.
Al fin y al cabo es para mí, ¿no? Ja…ja…ja.
Todo era más fácil cuando estaba enojada. Recién bajando de un avión que
venía de Perú estaba tan dolida y enojada por el abandono, por la forma tan
repentina en la que estaba celebrando mi quinto aniversario de bodas,
esperanzada de un nuevo comienzo, feliz y amorosamente con mi esposo; y de un
momento a otro me estaban pidiendo el divorcio. Me sentía traicionada y con
derecho a la ira por tus palabras “No me
gusta cómo eres…Ya no quiero estar contigo”. Como si fuese una cosa de un
momento a otro. Tan solo dos días antes me dijiste “que hice para merecer una mujer como tú”. Y si, lo decías en un sentido
positivo. Aunque posiblemente eso ya se te olvidó. Siempre me asombré de tu
facilidad para olvidar las cosas buenas y retener las malas. ‘Quiero estar
contigo y ahora ya no’. ¿Cuánto tiempo venias pensando esto? ¿Cuánto tiempo tenía
tu inconsciente pensando que quería dejarme? ¿Cuándo finalmente lo trajiste a
tu consciente? ¿No pudiste esperar a terminar el viaje? ¿Callar y no decir nada
hasta el momento en que estuviéramos en México haciendo escala? ¿Tenía que ser
restando 6 días de viaje, en un país donde no conozco a nadie? Todas estas
preguntas alimentaron mi fuego. Claro que tomé el resto del viaje como parte de
mi duelo y así lo viví, pero ese es otro tema.
¡Ah! Eso sí, “No me gusta cómo
eres…Ya no quiero estar contigo”… pero, ‘no seas malita, déjame seguir
pagándote la lana que te debo durante el próximo año o dos, a cómodos pagos
mensuales sin intereses, y explícame para que necesitas el dinero’. Ese dinero
que amablemente saqué de mi fondo de inversión dejando de ganar rendimientos
para que pudieras estabilizar tus deudas. Claro que en tu perspectiva esa deuda
TAMBIÉN es mi culpa, porque la generaste cuando tuviste que quedarte en Londres
durante 6 semanas porque tu esposa se rompió la cadera por correr (justo lo que
tú le pediste que no hiciera), pese a que estaban pagados todos los viáticos. Ni
digamos nada del préstamo anterior. Perdón, pero tenía que incluir mi ‘rant’
sobre eso en algún lado. Lo único que pude pensar con eso fue “que huevos de
cabrón” Eso y que te quedaras con TODOS los cuadros que compramos juntos, aun
cuando ya anteriormente habíamos mutuamente decidido que yo me quedaría con el
cuadro de Miss Vann. Pero no te preocupes, son nimiedades y me ayudaron a
mantenerme enojada más tiempo. Mantuvieron la nostalgia, la tristeza y el anhelo
a raya por algunos días más.
Luego vinieron todas las preguntas relativas a muestra relación y
aquellas que también me cuestionaban a mí. Al fin y al cabo, la gota que derramó
el vaso fue la montaña de Machu Pichu, no hay manera de negar eso, por más absurdo
que suene. Tu argumento fue “si crees que
es por eso, no vas a aprender nada” Vaya… no se realmente que decir al
respecto. ¿Tú aprendiste algo? Eso sí, una amiga me dijo que el hecho de que el
motivo de nuestra última pelea hubiera sido el que yo preferí subir una montaña
y tú no, llevándonos a pasar unas horas separados, es una perfecta metáfora de
nuestra relación. Eso alimentó mi ego, aunque posiblemente no es del todo
cierto.
Tu decisión de pedirme el divorcio fue porque te sientes abandonado y lo
entiendo. Más de una vez dijiste que esperabas que viviéramos solo el uno para
el otro. Pretend
the world has ended and hide away for days… and I shut the world outside and
then it’s only you. Eso suena tremendamente romántico, pero verdaderamente esperabas que
siguiéramos las canciones al pie de la letra y la realidad es que esa no soy
yo. No me di cuenta o quizás voluntariamente no quise ver que eso esperabas de mí
y no pude ver que no puedo dar eso. Me gusta hacer un millón de cosas y tener
un millón de metas. Me hubiera encantado compartirlas contigo si tú lo hubierais
querido. Quizás mis metas y mis intereses específicos eran nuevos para ti y no
siempre estuvieron presentes en nuestra relación, pero esa necesidad de cumplir
objetivos y metas no es nada nuevo. Es parte de mi personalidad y parte de lo que
mi papá tanto me festejaba. Estoy segura de haberte dicho que el objetivo de
correr un maratón fue de los últimos compromisos que hice con mi papá. Aunque
quizás ya no te acuerdas.
Entiendo que mis intereses no son los tuyos, pero siempre creí haber
hechos tus propios intereses míos. Claro que tú podrás argumentar que tus
intereses siempre fueron míos también. Es como una conversación entre tú y yo
en mi cabeza. La conversación honesta que me gustaría tener, en ese universo
paralelo, donde me dices todo claramente como lo piensas y tú entiendes todo lo
que siento. Ese ha sido mi deseo más
profundo estos meses, que me entiendas. Quizás ese siempre ha decido mi deseo
mas profundo contigo, que me entiendas, incluso si de todas maneras me dejas.
Saber que mi sentir, mi pensar y mi actuar hacen sentido para ti.
Quizás es mi fatalismo post ruptura, pero en retrospectiva siento que
muy pocas veces me entendiste. Quisiste y creíste hacerlo, pero realmente muy
pocas veces me entendiste o te interesaste por mí. Te interesaba quien era yo
contigo y a tu lado, pero en silencio, a solas, mi estado emocional… no sé si
alguna vez lo viste. De eso me di cuenta cuando me pediste que tomara Prozac
para salir de mi depresión por la fractura de mi cadera e indirectamente salvar
nuestro matrimonio. Estoy segura de que nunca entenderás lo mucho que esa
propuesta me dolió, así como tu enojo cuando no quise aceptarla. Al día de hoy todavía
me duelen tus palabras de ese día “Mereces
haberte roto la cadera… es tu culpa”. Me pregunto si eso algún día se irá.
Al igual que me pregunto si tu resentimiento acabara por ceder un día. Un año y
medio después lo volviste a decir, pese que tenía 18 meses sin entrenar: “Estoy harto de tus maratones, tus proezas
deportivas, tu Pokémon y tus pendejadas”. Eso lo dijiste antes de pedirme
el divorcio. Tenía 18 meses del hecho
y tú jamás me perdonaste haberme roto la cadera y, por supuesto, todo lo que
vino después. Tu rechazo después de mi fractura y al volver a México fue lo que
ultimadamente me sumió en una depresión. Necesitaba profundamente de ti, pero
tu solo tenías enojo y te alejabas más y más. Tantas veces verbalicé mi
necesidad de ti, pero tu rechazo te mantuvo sordo y distante. Por eso terminé
por pedirte que te fueras. Necesitaba estar lejos de ti y de tu odio para poder
sanar. No te interesaba que me sintiera bien conmigo misma, te interesaba que
los síntomas no se manifestaran en mí y afectaran tu vida conmigo. Por eso querías
que tomara Prozac, donde el problema de raíz jamás se iría, solo atenuarían los
síntomas.
Ya lo he dicho antes, pero creo veías en mí eso que esperabas que fuera,
la idea que tenías de mí, y no a la yo que te gritaba mi realidad. Probablemente
estarías en desacuerdo conmigo. Y es que pude no haber subido esa montaña y
pude no haber corrido el maratón de Londres y pude no haberme roto la cadera en
consecuencia, y pude no haber ido a trabajar en silla de ruedas y pude haber
dejado de entrenar para el maratón de la Ciudad de Mexico y pude haber dejado
de jugar Pokémon y pude haber dejado de hacer tantas cosas en favor de nuestro
matrimonio y haberte escogido a ti sobre todas esas cosas. Tal como regresé de
Londres la primera vez, tal como dejé el Krav Maga, tal como dejé la maestría
en administración, tal como dejé al Team B, tal como dejé el trabajo en SEGOB, tal
como dejé tantas otras cosas. Pero habría terminado por traicionarme a mí misma
y resentirte por ello. Podría haberle dedicado menos tiempo a esas cosas, menos
tiempo a mí y haberte dedicado más tiempo a ti. “Siempre tienes algo más importante que hacer que estar conmigo y estoy
harto de siempre estar esperándote” Podría no haberme ido a Londres. Entonces, quizás seguiríamos juntos. Pero entonces,
no sería yo. Si, si es egoísta decirlo. Al final también creo que la última traición
y el último abandono que sentiste de mi parte fue justamente mi partida a
Londres. La realidad es que también existe un resentimiento por eso y creo que
pesó en tu decisión.
Y es que últimamente he pensado que estaba condenada a fracasar en tus
ojos, pues siento que esperabas de mí una Andrea dicotómica. En algunas de
nuestras conversaciones, me dijiste que tu ideal era tenerme en casa a las
6:30pm, pese a que sabías que eso no era posible sencillamente por mi horario
de trabajo. Ni que decir de los intereses personales que yo me atreviera a tener.
Eso me dejó pensando sobre lo que realmente esperabas de mí. Querías a la mujer
independiente con quien dividías todos los gastos fijos por la mitad, la que resuelve
por si sola sus problemas, la que le gustan las fiestas locas, la que no tiene
tapujos ni vergüenza, la arriesgada y la que puede verte teniendo sexo con
otras mujeres, la que no te juzga, la que comparte una coca contigo, la que
tiene una opinión y la que goza de independencia, la que no depende de ti para
ser feliz. Por otro lado, querías a la mujer
sumisa en casa, a la que necesita de ti en todo sentido, la que necesita de tu protección,
la que deja todo para correr a tu lado, la que te tiene a ti como única
prioridad, la que destina todo su tiempo para estar contigo, la que cambia todos
los planes y no sube la montaña simplemente para complacerte y pasar el tiempo
contigo. Simplemente porque eres la única fuente de felicidad y bienestar. La
personalidad de una y de otra son opuestas. Creo jamás tuviste conciencia de
ese deseo dicotómico. O puede que nada de esto sea cierto, al fin y al cabo, es
solo mi percepción.
Es aquí donde entro a otro de los temas que le han estado dando mil
vueltas a mi cabeza. Podemos decir que abrimos un paréntesis para poner de
manifiesto mis cojas teorías sobre relaciones humanas. Nuevamente, puede que
esto se desprenda de un corazón lastimado y en estado de post ruptura, pero
creo que las relaciones de pareja hoy en día y de nuestra generación la tienen
muy difícil y tienen cierta propensión a fracasar. Nuestra generación todavía creció
con las princesas Disney tradicionales, el príncipe azul y el ‘vivieron felices
para siempre’. Crecimos con el tabú sexual, social y religioso y crecimos con
la meta social de casarnos y formar una familia. Si, a mis 18 años todavía
trataba de llegar virgen al matrimonio. Por suerte no lo logré. No tuve mi primer
orgasmo sino hasta los 23 años. Lo sé, difícil de creer. Crecí con la ilusión de
casarme con un gran vestido, en una fantástica fiesta y con un hombre llevándome
serenata y así fue.
Nuestra generación, en su mayoría (pese a que carezco de datos
estadísticos), creció en un seno familiar donde el padre era el principal
proveedor y la madre era la principal criadora de los hijos. Por supuesto ya
existían madres trabajadoras y padres que se quedaban en casa, pero no era la
norma e incluso llevaban cierto grado de prejuicio social, mismo que aun creo
permanece en menor medida. Cuando yo era niña comenzaron a popularizarse los divorcios,
pero también eso llevaba cierto grado de estigma social. Tan solo puedo
imaginarme que si yo, siendo quien soy y en pleno siglo 21, me pesa a nivel
religioso y social estar llevando un proceso de divorcio, no me quiero imaginar
lo que fue para las mujeres de la época de mis papas.
En algún momento en este blog escribí y critiqué mucho a una expareja
que se dio por vencido con nuestra relación y lo comparé con mis papas y con
todas esas parejas que llevan años de casados. La realidad es que me he dado
cuenta de tantas cosas que me parecían tan simples y románticas y es que no es así.
La vida no es una película Disney y el cuento no acaba en ‘felices para siempre’.
Suena a una completa obviedad, pero me tomó mucho tiempo entenderlo de verdad.
La realidad es que las mujeres de antes no tenían mucha opción y algunas
ni la querían. Para empezar, existía ese estigma social y muchas de ellas no
tenían el suficiente sustento económico para dejar a sus parejas con sus hijos.
Mi mamá me dijo recientemente, que, pese a que tenía la aspiración de estudiar
y terminar una carrera, cosa que hizo, ultimadamente su objetivo era casarse y
formar una familia. No existía una persecución real de objetivos separados de
nuestro esposo. No había duda sobre seguir a tu esposo a donde fuera que su
trabajo lo llevara. El objetivo como mujer era apoyar a tu esposo. No perdamos
de vista que estoy ultra simplificando las cosas. Mi mamá también me dijo en
algún momento tuvo dos o tres años muy difíciles con mi papá y que poco a poco
las cosas fueron evolucionando hasta llevarlos a 43 años felizmente casados.
Bueno, Daniel y yo solo tuvimos un año difícil y por lo tanto nos perdimos de
37 años extra de matrimonio.
Regresando al tema, por un lado, antes existía un estigma social, por
otro, las mujeres no teníamos mucha independencia económica y quizás tampoco emocional
y, por último, no teníamos esta enorme posibilidad de objetivos, metas y
aspiraciones. Nuestras aspiraciones estaban directamente ligadas a nuestro
hombre y nuestros hijos en su mayoría y las mujeres que tenían aspiraciones y
metas eran vistas como bichos raros. En esta época de feminismo esas mujeres
fueron nuestras heroínas abriéndonos paso, pero quizás la mayoría estaban
perfectamente felices con sus circunstancias, pues era lo que conocían y el
ideal con el que crecieron. No pierdo de vista que esto lo derivo únicamente de
las pláticas que he tenido con mi mamá y mujeres de su época. Así que mi opinión
posiblemente está completamente sesgada. Es mi medicina. Todo esto creo que se
traduce a que aquellos tiempo se gozaba de menos puntos de fricción entre
parejas y a una tolerancia más alta. Claro, todo esto desde la perspectiva de
que crecí en una cultura mexicana, pues, aunque creo que es algo global en
cierta medida, los síntomas en distintos países son diferentes y se manifiestan
a diferentes ritmos.
Las redes sociales, como muchas personas han hecho notar también, no
ayudan para nada. Se ha dicho que en redes sociales llevamos una vida falsa
donde todo es feliz y mientras que algunas personas en verdad llegan a extremos
para aparentar algo, todo lo demás me parece natural. Por supuesto que todo
parece feliz, pues compartimos las cosas que nos traen felicidad. Aunque muchas
personas si ventilan sus problemas en redes sociales, la realidad es que la
mayoría solo comparte los momentos que le hacen sentirse felices. Esto no
quiere decir que estemos creando una versión falsa de nuestras vidas. Lo mismo pasa
cuando compartimos cosas de manera verbal con la gente. Aquellos que son
cercanos probablemente sepan todo lo que está detrás de nuestras relaciones y
nuestros problemas y preocupaciones, pero la gran mayoría de nuestros conocidos
solo conocerán también la parte buena, al igual que en redes sociales. Incluso
antes de Facebook se tenía la noción de una pareja que por fuera parecía
perfecta y a puerta cerrada eran un infierno. De cualquier forma, el tema con
redes sociales es que mientras antes nos enterábamos de las parejas perfectas
solo cuando convivíamos o hablamos de ellas y eran las de nuestros directos
círculos sociales; ahora nos vemos bombardeados por ellas en todo momento y de
manera global. Nuestra exposición a las vidas perfectas es exponencial y, por
lo tanto, también nuestro deseo y nuestra aceptación indiscutible de que esa perfección
inexistente está a nuestro alance.
Si al aumento de puntos de fricción
y a la disminución de tolerancia entre las parejas le súmanos nuestro deseo inconsciente
de gozar de una fracción de la perfección que vemos que todos los demás poseen
pues… el resultado soy yo. Creo que al ser una generación de transición entre
nuestros padres con esa ideología de pareja (y la abnegación de la mujer) y las
generaciones futuras de equidad donde nuestros iguales se disputan entre el
feminismo y el machismo, las parejas de nuestra generación la tienen sumamente
difícil. Creo que tenemos la dicotomía de la casa y la sociedad en la que fuimos
criados y de las circunstancias sociales a nuestro alrededor y hoy en día nos
vemos influenciados y hasta bombardeados por los nuevos ideales de equidad de género.
Es difícil dejar atrás los conceptos con los que crecimos y que se ven basados
en las generaciones que nos precedieron para adoptar un nuevo ideal. El
resultado terminan siendo hombres y mujeres perfectamente confundidos y
atorados en un estado de transición permanente. Posiblemente sea mucho más
fácil para las generaciones que siguen o tal vez no.
He llegado a percibir en algunos hombres de nuestra época un ideal de
mujer un tanto fraccionado. Ese ideal de una mujer que trabaje, pero no muchas
horas. Una mujer que gane dinero y sea exitosa pero no demasiado y
definitivamente no más que yo. Digamos que gane lo suficiente “para su rímel”.
Una mujer que tenga una opinión pero que también pueda fungir de mujer trofeo y
se quede callada cuando debe, que no me lleve la contraria frente a mi jefe o
mis amigos, que no me haga ver menos ‘hombre’. Una mujer que tenga sus propios
intereses y actividades mientras yo estoy ocupado, pues no quiero que me esté
molestando, pero que deje todo de inmediato para estar conmigo cuando yo tengo
tiempo libre. Una vez más: que huevos de cabrones.
Honestamente creo que los hombres se llevan la peor parte de todo esto.
Al menos toda esta transición significa, para nosotras las mujeres, una
progresión, un paso más hacia la equidad de género. Hemos ganado muchas
libertades y poderes, voz, presencia. Si bien, pareciera que algunas hemos
sacrificado la estabilidad de nuestras relaciones y nuestra búsqueda de una
pareja, hemos ganado muchísimo en temas de satisfacción personal y crecimiento individual.
Con ello vienen también más exigencias hacia nuestras parejas y eso muchas veces
llega a ser intimidante.
Por otro lado, creo que para los hombres es un poco menos claro. Creo
que muchas veces ya no tienen claro lo que deben buscar o querer en una mujer y
tampoco tienen una idea clara de cómo tratarnos. Entiendo todo el trasfondo de
cambiar algunas de las formas, pero creo que un hombre ya no sabe si abrirnos
la puerta del coche en la primera cita parta ser caballerosos y al mismo tiempo
arriesgarse a parecer machistas por condescender la habilidad de una mujer para
poder bajarse sola del coche. No quisiera estar en la cabeza de un hombre decidiendo
si debe pagar la cuenta de la cena o no por miedo a parecer machista y reducir
la independencia económica de una mujer que trabaja y vive sola o parecer codo
y poco romántico al no hacerlo. Pensar que quizás debe decidir entre la madre
dedicada a los hijos o la mujer alfa enfocada en su carrera. También se les
castiga por querer ambas, pues les decimos que exigen demasiado de nosotras.
Nosotros como mujeres sabemos que el objetivo es avanzar, pero ellos no saben
si su acción los está llevando a avanzar o a quedarse a atrás y por lo tanto
parecer anticuados y otros tantos objetivos. No me gustaría ser hombre en esta
época, debe ser muy confuso.
La confusión de la mujer creo debe venir más entre las aspiraciones
profesionales y las aspiraciones familiares. Muchas personas argumentan que una
no está peleada con la otra. Yo honestamente no sabría decirlo. No tengo la
aspiración de ser madre y evidentemente no tengo hijos, aunque muchos de mis
amigos y familiares argumentan que eso fue también el efecto Daniel, cosa que
no creo y en lo cual no entraremos. Aunque si tengo el objetivo de progresar en
mi carrera, tampoco es un determinante para mí. Mi determinante, cursimente, es
seguir siendo feliz. Pequeñas y grandes cosas me hacen feliz, desde sentirme útil
y buena en mi trabajo, hasta quedarme todo el día en mi casa leyendo y disfrutando
a mis gatos. Dormir, comer, viajar, correr y todas esas cosas que podrían enlistar
hasta llenar 300 páginas.
Quizás es algo hipócrita de mi parte asumir más sobre la confusión que
vive el hombre de ahora que la confusión que vive la mujer, pero no perdamos de
vista que todo esto lo escribo para poderme explicar y encontrar un poco de paz
en la irreparabilidad de mi matrimonio.
Hasta aquí mi análisis social, Joaquín, en medio de una de mis
reflexiones personales sobre mi ruptura.
Por mi lado, sé que no fue carrera o hijos sino hacer esas pequeñas
cosas que me hacen feliz las que me separaron de ti. Mis aspiraciones como
correr un maratón, subir una montaña, probar mis limites, andar en bicicleta,
jugar Pokémon y tantas cosas que Daniel no aceptó en mí, invertir tiempo en mí.
Evidentemente para ti fue demasiado el tiempo que te robe. Ultimadamente, y
aunque posiblemente tampoco lo digas en voz alta, también el perseguir mi sueño
de vivir en Londres. Un sueño que, no omito mencionar, era un sueño de ambos.
Posiblemente siempre te recriminaré eso. Aunque acepto que, dadas las
circunstancias, no podía continuar siendo tu sueño conmigo. Nuevamente creo que
el rol de genero jugó cierto papel aquí, aunque definitivamente no es el mismo
que hubiera jugado hace algunos años. Poniendo de lado el hecho de que nuestro
matrimonio estaba bastante fracturado, de haber sido yo el hombre, poca duda hubiera
habido sobre si mi esposa vendría conmigo o no a otro país.
Principalmente, creo que mi necesidad de querer desmenuzar y resolver
cada una de las cosas que pensaba con Daniel, y específicamente sobre Daniel y
nuestra relación, también estresó de sobremanera esa relación. “Eres la única persona en mi vida que me saca
el tapón”. Esa oración también me dolió muchísimo y posiblemente sea
totalmente cierta. Esa soy yo.
La confianza da asco o eso dicen al menos. Desde muy pronto en nuestra relación,
tuve la confianza con Daniel de decirle todo lo que sentía y pensaba. Sobrecomunicación.
Creo que esto muchas veces no fue bien recibido y volvieron sordos tus oídos.
De modo que cuando de verdad necesitaba que me escucharas, no había ese canal
de comunicación. Irónicamente creo haber cerrado los canales de comunicación con
mi sobrecomunicación. Poco a poco pensé haber encontrado un balance entre lo
que decía y lo que callaba. Este balance no fue suficiente para Daniel. No
estoy segura de haber podido inclinar más la balanza. Quizás sí. Tampoco nunca
fuiste muy bueno para aceptar la crítica, venga de quien venga. “Soy un monstro. No sé porque querrías seguir
conmigo”. No, no eres un monstro, pero tampoco eres perfecto. Un poco de humildad
y responsabilidad y un poco menos de victimización te vendrían bien.
Desde hace un tiempo vengo pensando todo esto y es posible que me haya
formulado todas estas teorías y conspiraciones en contra de la pareja para
saciar mi necesidad de encontrar una explicación de porqué tú y yo no
funcionamos al final. Creo que incluso bajo la sencilla premisa de ‘aguantar’
un poco más, por parte de ambos, hubiéramos podido alcanzar ese nivel de entendimiento
mutuo que tanto anhelaba, el que alcanzaron mis papas y posiblemente todas esas
parejas que siguen juntas, hubiéramos podido salir adelante…. Pero pues quizás
no. Definitivamente 10,000 km de distancia no ayudan y esa decisión es
responsabilidad mía. Una decisión que no hubiera podido evitar tomar jamás. Y
estas teorías y pensamientos supongo me dan algo de paz y de resignación.
Tampoco puede faltar el hecho de que nos casamos muy pronto y, en mi
caso, muy jóven. Tenía un deseo tan profundo de casarme contigo, de tener todo
eso que me prometieron los cuentos. Inconscientemente, muchísimas mujeres lo
deseamos intensamente: un vestido de princesa, un príncipe azul, un palacio de
cristal. Teníamos tantas ganas de enamorarnos y de que las cosas funcionaran
que así fue. Las cosas funcionaron y fueron tal cual un cuento de hadas, hasta
que había que construir el ‘felices para siempre’. Tantas cosas, tantos
factores, tantas teorías… todo para poderme explicar porque no estás del otro lado
de la cama.
Al final creo que solo puedo decir que lamento mucho no haber cumplido
tus expectativas y lamento haber exigido tanto de ti. Lamento no haber escogido
mejor mis discusiones contigo, haciéndolas menos. Lamento no haber encontrado
lo formula de ser lo que querías sin traicionarme a mí misma. En mil millones
de sentidos me faltó tiempo. En lo general, hace 6 años y algunos meses, cuando
recién te conocí, hubiera tomado las mismas decisiones que tomé hasta el día de
hoy. Quizás hubiera escogido otras palabras, otro tono de voz, otros momentos y
quizás esas cosas pequeñas nos tendría juntos hoy. No lo sé. Pero si pudiera
volver el tiempo atrás, volvería a casarme una y mil veces contigo, volvería a
vivir todo otra vez contigo, aun a sabiendas de que este dolor, este abandono y
esta nostalgia estarían esperándome del otro lado del túnel. 6 años me bastaron
para escoger volver hacerlo todo exactamente igual. A tu lado viví 6 de los
mejores años de mi vida y la historia de amor más hermosa, aun con sus malos
momentos. Viví una historia de amor que me hubiera gustado durara para siempre,
como dijimos. Todos los días pienso algo que me encantaría compartir contigo y
son esos pequeños momentos cuando sonrió y se me olvida que no estás en mi vida,
los que más duelen. Ese instante en el que recuerdo que no puedo contarte lo
que acaba de pasarme, que no te reirás conmigo. Gracias por todo lo que me
diste y la intensidad con la que me amaste. Gracias por tomar la decisión de
pedirme el divorcio, yo nunca hubiera tenido las agallas suficientes para hacer
lo que era necesario. Te extraño tanto y estoy segura que verdaderamente no volveré
a verte. Te amo.
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