domingo, 21 de enero de 2018

Déjà vu

Hay una extraña familiaridad en esta resignación. Nuevamente el acogimiento de 4 paredes blancas, vacías. El recuerdo del reconocimiento del sonido de una puerta al retumbar en su cierre, se vuelve a hacer presente. La vendimia despersonalizada de mi vida es inminente, un boleto de avión sencillo. La soledad de una mañana fría me impide salir de la cama. La resiliencia y la determinación se sienten un poco distintas. No hace falta agudizar demasiado el oído buscando oír evidencia de tu presencia, pues el silencio se rompe instantáneamente con el retumbar de 8 patas que rebotan por las paredes. La luz del sol se posa diferente sobre el concreto. El tiempo, los meses y los arreglos saben distinto. Y mientras intento distinguir las notas que apartan un momento de otro, mis sentidos se erizan cuando el sabor amargo se apodera de mi lengua, de mi garganta, de mi estómago. Esa conocida y recurrente sensación del inminente vomito. Es por eso que me paso la vida corriendo.

Me envenena el dolor, la nostalgia, la rabia. ¿Cuál es esa necesidad de arrebatarme mis tiernos recuerdos? ¿Porqué esa insistencia de amenazarme con dulces esperanzas? Y es que me castigo con la mirada en el espejo. Me comporto como niña tomando dulces de un extraño. Me irradia la esperanza de un futuro de sueños, con esa idea fortuita de un gran cambio, una misión de rescate, el amor de mi vida, mi familia. Me sabe a gloria, me sabe a triunfo, me sabe a eso.... a amor. Y luego..... ya debería saberlo a estas alturas: la esperanza en este tipo de cosas solo sirven para matarte desde dentro. La esperanza se cuela por mis poros, sin detenerse ante las murallas construidas. Se aloja sigilosa e indetectable en la esquina más recóndita de mi corazón. Va echando sus raíces en él y se alimenta, creciendo, evenenando mi sangre de luz que parece eterna. En un arranque de cinismo, lo que parecía enterno se consume y esfuma como si esa siempre hubiese sido su condena. Y en mí solo queda amargura, dolor y el llanto que lleva tu nombre. Es por eso que me paso la vida corriendo, huyendo.

El dolor se siente dueño de mí y alzando la mirada se encuentra con un dolor viejo de traición.  Se entrelazan las heridas de un viejo amor y de la traición más profunda. Hay una extraña familiaridad en mis días, pero es justamente esa familiaridad la que me recuerda como actuar. Porque no soy quien era hace 7 años. Hay algunas capas más de acero que le dan estructura a mi cuerpo y a mis alas. La necesidad imperiosa de correr y huir hoy es más bienvenida que nunca, perfecta para mis circunstancias. Hoy el dolor me encuentra con mayor serenidad. Le doy la bienvenida como dos viejos amigos. Hoy lo acepto y entrego mi sangre y mi lengua ya sin miedo. El dolor se ha hecho un nuevo idioma en mi boca. El incendio en mí se calmaba y el demonio vigilante enfriaba la cera de mi cuerpo mientras escuchaba tus promesas: amor eterno, confianza, empatía, paciencia, verdad y principalmente una negación del recentimeinto, del rencor que te inspiro. Y es que eso es lo que representa mi boca para ti, un manantial que alimenta tu rencor. Ya tu sentir ha decido no perdonarme cosas que aún no seceden. Tu boca promete y tu corazón destruye. Mis oídos creen y mis pulmones se ahogan en el veneno de la esperanza. Nuevamente comenzaste a tomar el título de propiedad de mi tiempo y de mi espacio, donde no existe espacio para ser quien soy. Nuevamente cambias tus promesas,  negando tus propias palabras, argumentando que jamás salieron de tu boca. Una vez más escucho el odio en voz: “Tú eres la que se va a perseguir su sueño”. El tono acusatorio obligado. Hay cosas que no cambian. Es por eso que yo me paso la vida corriendo, huyendo, dejando atrás aquello que me hiere.

Quizás ambos tienen absoluta razón, siempre han tenido absoluta razón. Hoy y 7 años atrás he pecado siempre de egoísta. He buscado apaciguar mi dolor, mi tristeza. He trabajado por alimentar mi propia felicidad, mi bienestar, cultivar mi tiempo y gozar mis experiencias. Quizás soy demasiado egoísta para pertenecer a alguien. Me he entregado en mi totalidad, todo lo que tengo, pero el título de propiedad sigue siendo mío. Sigo siendo mi primer amante, sigo siendo mi única hija y mi mayor responsabilidad. Nací para compartirlo todo menos a mí misma. No conozco la abnegación de una mujer perfecta. La mera palabra me causa repudio. Hace cinco años te conté mi mayor miedo. Me pregunto si aún recuerdas cuál es, pues lo desempeñas a la perfeccion. Es por eso que me paso la vida corriendo, huyendo. No volveré mañana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario