Es esta sed de desertar. La necesidad imperiosa de
correr, de llorar hasta morir, de ser desierto. ¿Dónde quedaron mis maderos al
sol? ¿Qué fue de mi peligrosidad? Soy descendiente de la calle, heredera de los
puentes y el hielo. No correspondo a ningún lugar. Soy mía. Sin hogar, soy callejera,
vagabunda, gato para variar, periódico al amanecer. Es el perpetuo terror al rechazo, el destierro por
imposición. La soledad es mía por elección, mi hermana, mi amante, mi pastor.
Duermo en una cama de espejo. El vidrio estrellado bajo mi espalda ha empezado
a arañarme la piel. Se introducen los pedazos como gusanos. Aún existe una vitrina
llena de cera. A borbotones se derrama entre las bisagras. Aún existen los moldes en algún lugar de mi
cabeza. Mi cerebelo no ha olvidado el camino, no ha enterrado el vuelo. Me
hierve el hígado con pánico al abandono. Es la suavidad y el perfume poco
familiar de una sala flotando en mierda. La crítica interminable de un arreglo de defectos con dedicatoria. Para ti no hay lugar para los aciertos. Soy un millón de aciertos a los cuales eres sordo, ciego y hasta cojo. Soy granos de luz, soy cal infinita.
El eco me aplasta el tórax. No puedo respirar. El aire se queda en mi boca. Lo pruebo, lo saboreo y no puedo llevarlo hacia adentro. Se contonea como puta frente a mí y no me deja tragarlo, me ahogo, un grito mudo. El eco y las cuerdas tienen por rehenes a mis pulmones. Un complejo amarre los estruje cual papel. Las venas hinchadas en dióxido de carbono están por reventar. Se dibujan amenazantes en mis escleras. No hay dolor solo impedimento, solo terror. Mi cuerpo ha olvidado sus funciones básicas. Va a morir y es inevitable. Y yo sigo viva, como siempre. Esa capacidad de cercenarme, dividirme, escapar en peine de dientes viejos y conocidos. Se me renuevan los lunares, son un sin fin de nuevos patrones para unir con líneas. Nuevas almendras, nuevos torrentes. Es mi parquedad emocional, esa que ha echado raíces en mis tendones. Soy títere de mi reserva, hilos que yacían dormidos y despiertan ante la alarma acuosa que se ha dado la tarea de delinear mi cara. La comezón ha acabado con mis uñas. Me he abierto la piel con nervios. Me esquilo la permanencia y me desollo la rutina. Me he arrancado los rasgos de la cara para que no puedas reconocerme. Pasaré a tu lado y haré tangible tu desconocimiento tan anunciado, tan dolido.
El eco me aplasta el tórax. No puedo respirar. El aire se queda en mi boca. Lo pruebo, lo saboreo y no puedo llevarlo hacia adentro. Se contonea como puta frente a mí y no me deja tragarlo, me ahogo, un grito mudo. El eco y las cuerdas tienen por rehenes a mis pulmones. Un complejo amarre los estruje cual papel. Las venas hinchadas en dióxido de carbono están por reventar. Se dibujan amenazantes en mis escleras. No hay dolor solo impedimento, solo terror. Mi cuerpo ha olvidado sus funciones básicas. Va a morir y es inevitable. Y yo sigo viva, como siempre. Esa capacidad de cercenarme, dividirme, escapar en peine de dientes viejos y conocidos. Se me renuevan los lunares, son un sin fin de nuevos patrones para unir con líneas. Nuevas almendras, nuevos torrentes. Es mi parquedad emocional, esa que ha echado raíces en mis tendones. Soy títere de mi reserva, hilos que yacían dormidos y despiertan ante la alarma acuosa que se ha dado la tarea de delinear mi cara. La comezón ha acabado con mis uñas. Me he abierto la piel con nervios. Me esquilo la permanencia y me desollo la rutina. Me he arrancado los rasgos de la cara para que no puedas reconocerme. Pasaré a tu lado y haré tangible tu desconocimiento tan anunciado, tan dolido.
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