Se me encrespa la piel con pensamientos
trágicos, la imaginación de lo impensable, a la perdida de la cual no existe
retorno. Con el amor más puro y más eterno, esta noche descubro un terror nuevo
para mí. La amenaza de lo finito se arrastra y desliza por la piedra granita
que recubre el piso. Se endereza puro, divino y te percibo infinito. Lo es
todo, en su sempiterna dualidad y multimodalismo, tan incomprensible. Con sus miles
de facetas, enteramente neutra y sólida. Figura hermosa, semblante de porcelana
y piedra caliza, suave y lisa, infante, andrógina, inocente, ingenua y
traviesa. Un parpadeo y la luz de la luna te ilumina distinta. Los surcos del
tiempo relatan historias de sabiduría bajo tus ojos, bolsas repletas de
historia, la historia humana, la tierra, la humedad, la vida, la luz misma.
Mis
ojos se encuentran con los tuyos, ese color tan negro, tan profundo. Me inundas
de tranquilidad y una profunda tristeza. Me sonríes. No puedo contener el
llanto. Jamás te había visto y sin embargo te reconozco como si hubiese crecido
contigo. Me sonríes. Tu rostro tan inconfundible, imposible tomarte por alguien
más. No entiendo la debilidad que derroca mis piernas. Me voy al piso y el
llanto ahoga mi respiración. Te acercas despacio y tu vestido largo acaricia el
suelo. Te arrodillas junto a mí y me tomas la cara. Mis ojos hinchados se
clavan vacíos en los tuyos tan plenos. Sigues sonriendo. Sé que no debo temerte
y es que no temo por mí. Sé que es posible que estés aquí porque es probable
que el momento sea el justo. La posibilidad y la probabilidad en combinación y
aun así indescifrables.
Tengo dos miedos distintos. Uno que por más doloroso,
acepto. Uno que cumple las leyes del tiempo y que ha sido paciente y sereno
conmigo. Pero el verte tan cerca y sentir el dolor tan tangible… El amor duele
terriblemente.
Posiblemente el amor fraterno es el más doloroso de todos. El
amor que me ha criado y convertido en la mujer que hoy soy. El dolor de la perdida
inminente, sin importar la relatividad del tiempo restante, lo inminente es
inminente y la relatividad se acorta. Ese acortamiento me debilita. Escondo mis
lágrimas para ser justamente esa mujer que se requiere de mí. Necesito
fortaleza para afrontar lo que ya he aceptado, lo que él ha aceptado tan digno,
tan fuerte, tan sensible, tan él. Lleno de sabiduría, de guía, de apoyo y sentenciosamente
de amor.
Y aunque ese dolor es penetrante, el tenerte tan cerca trae contigo un
recelo a un dolor distinto, ensordecedor y que me hiela los huesos. Esos huesos
que el terror me deja vacíos y con la imposibilidad de mantenerme en pie. Te veo
precioso en toda tu sabiduría, tan profunda y amenazante. Tus movimientos
delicados, dirigidos y pausados son los que ya he aceptado, pero es el terror
de tus movimientos súbitos e impredecibles los que me paralizan, esos que
escriben tragedias.
Hoy con tu cercanía me he percatado de un sensación aún más execrable
que el abandono, el rechazo y el desamor y ese es el abandono involuntario. El
amor fraterno combinado con el amor complementario, el de dos vuelto uno solo, individual
y diferente, no obstante, integro.
El insomnio de hoy me tiene aquí mirándolo, escuchando
su respiración pausada, mis pensamientos completamente inaudibles, mi miedo le es
completamente ajeno. Mi corazón se enmudece ante siquiera la amenaza del más diminuto
pensamiento de la más pequeña duda. Y luego se propaga como fuego por mis
entrañas y me incinera el alma.
Jamás como esta noche había atesorado tanto el
instante cabal. Mi gratitud es de la cualidad más perene y ante la amenaza de
lo que es finito, jamás había estado tan feliz y a la vez tan desconsolada.
Ambas emociones me invaden. En este preciso ahora, soy más humana y animal que
nunca, inundada de emoción. Ella tiene su mano helado contra mi rostro y me continúa
sonriendo.
Este instante se congela, es perfecto, ante todo lo pasado, todo lo
vivido, lo sufrido y lo amado, ante todo lo que soy y lo que tengo. No tengo
miedo de ti por mí y lo sabes. Agradezco tu compasión, tu comprensión, tu
caricia. Quédate conmigo esta noche. Sé que no estás aquí por mí, ni por nadie, pero quédate conmigo
esta noche antes de partir. Lléname con tu serenidad, toda tu sabiduría. Es tu presencia
la que me ha traído este invaluable trozo de conocimiento. Estoy segura que muy
pocos llegan a poseerlo. La felicidad de una plena satisfacción. ¿Cuántos son
los que verdaderamente te notan, cuando transitas entre las paredes?
Sé que mis
peticiones son fútiles, pero aun así te miró arrodillada con imploración rogándote
tiempo. El tiempo tan relativo como es, te imploro tiempo. Tú, que el tiempo
fluye por tus venas inmateriales ¿Qué tiempo será suficiente para un amor que
tan eterno se sella con un beso, y con uno más y con un millón, nuevamente infinito,
infinito, infinito?
Quédate a mi lado hasta que me venza el sueño y me lleve a
sincronizar mi respiración con la suya. Vélame el sueño solo esta noche.
Disculpa mi atrevimiento al intentar comprenderte y pedirte un poco de tu
omnipresencia, de tu infinidad. Comprendo el egoísmo de mi petición. En lo
basto del todo, somos tan insignificantes, nuestros deseos tan pasaderos,
nuestra vida simples instantes de un ciclo incansable. No somos nada y somos
parte de todo. Somos todo y nada. Puramente incomprensible para el punto, para la misma línea. Gracias.