Erectos, atentos,
furtivos, lascivos. Se escriben garrapatas anidando en los huecos de mi carne, de
mi inconciencia, en la irónica saciedad del descanso y la melancolía. Tengo las
pupilas bañadas en sangre, reventadas, volando fuera de sus órbitas granitos
de arena solar. Échame a cuenta los tejidos deshebrados de mis dedos. Me
deshilo. Me evaporo, gas líquido, sin cuerpo, sin figura. Cuatro, nueve,
catorce, trece, veintiséis, seis. Soy poder, soy sed, soy fuego, sor carne, soy
gangrena. Soy tu bebida favorita. Soy tu más grande miedo. Soy tu más triste
muerte, el más bello de tu sus sueños, la más inimaginable posibilidad. Eres mi
Virgilio. Eres mi pecado, mi salvación y mi silencio. Eres mi cirrosis y mi
panacea. Somos electrolitos en cobalto líquido, electricidad sin forma, sin límites, sin remordimientos.
Somos tejedores. Somos vida y muerte. Eso somos. Somos música. Soy tu pentagrama
y tú, mi clave. Somos. Eso somos y somos nada y todo. Eso somos.
3:47 y no recuerdo
como vaciar mis pulmones. Jamás me parecieron tan grandes como ahora. Se me
mete por los dedos de los pies desnudos. Me trepa por las pantorrillas y me
saborea los muslos. Tengo los brazos abiertos al cielo. Me labra la piel a su
paso. Me quema surcos con el petróleo que deja al subir por mi piel. Soy
contraste líquido, gravedad inversa. Me acaricia los labios robándome escalofríos,
sonrisas y gemidos, caricias de pelo. Juega con mis labios. De mi pelo llueve
vino tinto y lloro champagne de alegría, saciedad y éxtasis: una cata de
placer. Empieza a acariciarme las entrañas. Se adentra poco a poco mientras me
desnuda y me hace suya. Dime que ves Virgilio. Es tu amor el que me coge desde
dentro. ¿Puedes oler mi cabeza, mi razón? Escucha el cantar de mi sombra. Te
llama. Mi cuerpo no es más. Soy torrente negro sin fondo. Me ha cubierto
entera, cada poro cada centímetro intestinal. Soy de petróleo espejo negro. Desconozco
el límite de mi cuerpo. Es mi sombra la que crece y ciega te busca. Este goce,
la saciedad, la totalidad de mí. Silencio.
Ven Mercurio, toma mi
mano, mira tu reflejo en mi cuerpo como yo reconozco el mío en el tuyo. Te
reviste el azogue. Deléitate del frío tibio que ahora es tu piel. Siente como
se te ha metido por la garganta, por la punta. Se te eriza la piel. En un mundo
de figuras difusas por fin ves claro, la definición de la música en el aire. Estás
conmigo. Respira.
Mírame Azazel. Seré tu
todo, tu necesidad y tu remedio como tú eres el mío. Seré tu tristeza y tu
consuelo tal como te lloro cada noche. Seré tu copa y tu vacío pues es la
vehemencia de experimentar la que nos conduce. Seré tu hambre y tu alimento,
banquete de mi corazón palpitante, músculo vivo, devórame. Serás mi desnudes y
mi vestido, hilo a hilo te deshaces en mí. Serás calle y refugio, el riesgo, la
enajenación del mundo que vive ahí fuera. Serás mi orfandad y mi familia, la soledad
bendita de dos.
Escucha Adonis. Un diamante
negro silva y flota en este mar de oro blanco, naufragio de piedras preciosas y
huesos infestados de larvas. A la distancia una vela suspira señales de humo, canturrea
una historia. Esa voz de vela gruesa y áspera. Rechina la boca y se quiebra la
quijada con la mirada loca y perdida. Estoy consumida en ti, en esas tus
cuerdas vocales en esas tu yemas encalladas en la arena.
Saboréame Caliel. Prueba
la androginia de la hiel que inunda mis órganos. La masturbación intelectual de
mi hipotálamo lleva un son con sabor a tango. El cliché de plumas de cera se
convierte en un tabú temido, el terror inevitable de caer. No necesitas alas.
En mi infinito no puedes morir. En mis plantas están escritas todas las rentas.
Son tuyas. Aliméntate en mí. Aquí las jaulas suspendidas son libertad, son cuna
de tu deseo y de mi inmortalidad. A tu lado la oscuridad es pasión, es luz de
cal. Tu voz es himno de mi despertar. Un minuto más me ha calzado los pasos, un
minuto circular.
Virgilio, Mercurio, Azazel,
Adonis, no hay nombre Caliel, fórmula, cuerpo. No hay sonido en la cuarta
dimensión de nuestra conciencia. Tala, Gabriel, Apolo, Demorio, soy contigo.